Cómo las diferentes formas de activismo están redefiniendo Europa hoy
El activismo político en Europa adopta formas cada vez más variadas y, a veces, difíciles de distinguir. Las fronteras entre movimientos sociales, asociaciones, grupos de presión y partidos políticos se desdibujan. Una nueva clasificación permite comprender mejor esta diversidad identificando seis lógicas principales de compromiso.
La primera es el activismo cívico. Se centra en causas universales como la protección del medio ambiente o las libertades fundamentales. Impulsado por un sentido de justicia y responsabilidad colectiva, busca influir en las instituciones para el bien de todos. En Europa del Este, hunde sus raíces en las luchas por la democracia, mientras que en Europa Occidental se inscribe en la continuidad de los movimientos posmaterialistas surgidos en los años 1970.
El activismo transaccional se basa en relaciones estables entre organizaciones y tomadores de decisiones. Las ONG ambientales o los grupos de defensa de los derechos humanos son ejemplos de ello. Su fuerza radica en su experiencia y capacidad para dialogar con las autoridades públicas, aunque este enfoque puede alejarles de los ciudadanos comunes.
El activismo expresivo pone énfasis en la afirmación de valores y estilos de vida alternativos. Se manifiesta a través de acciones individuales o colectivas, como el boicot a marcas o la creación de zonas autónomas. Aquí, lo importante no es tanto cambiar las leyes como vivir según las propias convicciones y dar ejemplo.
El activismo de defensa representa los intereses de grupos específicos, como los sindicatos o las asociaciones profesionales. Moviliza en torno a reivindicaciones concretas, a menudo relacionadas con condiciones laborales o derechos sectoriales. Este tipo de acción también puede servir de trampolín para reivindicaciones más amplias, como una crítica global al sistema económico.
El activismo exclusivo, en cambio, limita sus beneficios a un círculo reducido. Puede referirse a luchas locales contra proyectos indeseados o a movimientos identitarios que rechazan la apertura a otros grupos. Algunos sectores de la extrema derecha lo utilizan para promover una visión cerrada de la sociedad.
Finalmente, el activismo populista se distingue por su rechazo a las élites y su voluntad de hablar en nombre del «pueblo». No busca negociar con las instituciones, sino reemplazarlas. Puede surgir desde la base o ser orquestado por líderes en busca de legitimidad.
Estas diferentes formas de activismo reflejan evoluciones importantes. Las organizaciones tradicionales pierden terreno frente a iniciativas más flexibles e individualizadas. Las motivaciones morales, como la indignación ante una injusticia, se convierten en un poderoso motor del compromiso. Las herramientas digitales facilitan la movilización sin necesidad de afiliación formal.
La hibridación entre estas lógicas es frecuente. Una misma persona puede participar en una manifestación climática, apoyar a una ONG y militar en un partido. Esta complejidad muestra que el activismo contemporáneo ya no se deja encasillar en categorías estrechas. Se adapta a los desafíos de sociedades en mutación, donde las expectativas hacia la democracia y la representación política se transforman profundamente.
Références et sources
À propos de cette étude
DOI : https://doi.org/10.1007/s11186-026-09689-9
Titre : From civil society to populism. Mapping a typology of political activism in Europe
Revue : Theory and Society
Éditeur : Springer Science and Business Media LLC
Auteurs : Dániel Mikecz